The devil's deceit
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El poder sin miedo es solo ruido. Aprendí esa lección por las malas.
Mis padres creían que nuestro nombre nos hacía intocables.
Estaban equivocados.
Una fría noche de invierno, una presencia maligna burló nuestra seguridad y perdí a la persona que más quería. Pero las tragedias nunca vienen solas, y el destino aún no había terminado conmigo.
Lo que siguió me destrozó, y luego forjó algo más frío, más duro. Despiadado.
Diecinueve años de dolor y culpa no han cambiado lo que me he convertido. Ahora, el legado del que he huido toda mi vida me ha acorralado. Un matrimonio fruto del deber, no del deseo. Una novia atada por un acuerdo que ninguno de los dos eligió.
El apellido De Vil exige sacrificio, una lección que aprendí la noche en que lo perdí todo.
The devil's lair
A él le persiguen los demonios de su pasado.
A mí me atan recuerdos de los que no puedo escapar.
La noche en que mataron a tiros a mi marido en el exclusivo local para la élite del multimillonario Tobias De Vil, yo no sólo fui una víctima, sino el objetivo previsto.
Ahora su poderoso padre quiere que el escándalo quede enterrado. ¿La solución? Un matrimonio de conveniencia que salvaguarde su dinastía y nos proteja a mí y a mi hija de la despiadada familia de mi difunto marido.
Es estrategia, no amor. Tras años de control y degradación, no creo en los hombres buenos ni en los finales felices. Pero la personalidad magnética y la calidez cautivadora de Tobias me atraen, ofreciéndome la seguridad que ansío.
Sin embargo, a medida que nos acomodamos en nuestro matrimonio, aparecen grietas en su perfecta vida. Bajo su encanto se esconde un hombre que se evade con humor, pero se estremece ante el contacto, guardando cicatrices que calan hasta los huesos. Es una táctica de supervivencia que conozco demasiado bien. Ambos nos ocultamos, ambos actuamos. Dos personas rotas por las circunstancias incapaces de confiar, y mucho menos de curarse.
Hasta que, en algún momento entre conversaciones nocturnas y miradas persistentes, dejamos de contener la respiración. Empezamos a sentir, a tener esperanza.
Y quizá, contra todo pronóstico, a creer en algo real.
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