Broken bodyguard
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El enorme oso de peluche que conocí en una fiesta de Navidad el mes pasado es un guardaespaldas —uno soltero y que está que arde—, pero sería una tonta si pensara que podría interesarse en una mamá soltera con curvas como yo.
No importa que no pueda dejar de pensar en él. Mi única prioridad ahora es volver a encarrilar mi vida después de lo de mi ex. Aunque dicho ex está decidido a hacerme la vida imposible… y cuando se pasa de la raya, de repente, la que necesita un guardaespaldas soy *yo*.
Por suerte, conozco a alguien. Y está más que dispuesto a sacarme de aquí y ponerme a salvo. El único problema es que, cuanto más tiempo pasamos en esta remota cabaña de Kentucky, más difícil se me hace imaginar cómo será la vida después de esto.
Estoy segura de que puedo mantener la cabeza fría… hasta que Troy me demuestra de todas las formas que está interesado en mí. Todas las partes de mí que yo considero rotas, él las ve hermosas.
Hay algo entre nosotros que me hace tirar la lógica por la ventana.
Él es un soltero sin ataduras y está a punto de irse del país por una nueva misión.
Yo soy una maestra de primer grado con un hijo de tres años.
¿En qué universo tiene esto sentido?
Aunque parece que no hay futuro para nosotros, mi corazón está listo para hacer lo que sea necesario para que esta fantasía se haga realidad.
Incluso si mi ex está empeñado en lo contrario.
Se suponía que sería una sola noche.
Sin apellidos. Sin consecuencias. Solo un ardiente escape de mi vida.
Nash Nightingale era devastador, intenso, y logró que me olvidara de que acababa de descubrir a mi novio engañándome. Mentí sobre todo para escapar de mi miseria. Y cuando llegó la mañana y Nash lo descubrió… me echó.
Jamás esperé volver a verlo…
Hasta que Nash entró a mi lugar de trabajo y me destrozó con una sola propuesta.
Es un multimillonario desarrollador que puede tener a cualquier mujer que desee. Es calculador. Mandón. Y me está ofreciendo medio millón de dólares para convertirme en su esposa sobre el papel y así poder cobrar una misteriosa herencia.
Sé que debería irme. Pero cuando me presenta el contrato —seis meses fingiendo, apariciones públicas, abrazos esporádicos para mantener la mentira— digo que sí.
Porque mi hija merece un futuro que yo sola no puedo darle.
Porque Nash me mira como si aún fuera aquella mujer de hace cuatro años —la que lo tenía completamente en sus manos.
Seis meses. Medio millón de dólares. Reglas cuidadosamente establecidas para que esto sea solo un negocio.
¿Qué podría salir mal?
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